El eterno duelo entre gestión activa y pasiva resurge en tiempos de volatilidad

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Volatilidad y retorno del debate

El aumento de la volatilidad en los mercados financieros durante 2025 ha reactivado un debate clásico en el mundo de la inversión: la comparación entre gestión activa y gestión pasiva. Este enfrentamiento parecía resuelto en favor de los fondos indexados y los ETFs, que en los últimos años habían captado el favor de los inversores por su bajo coste y facilidad de acceso. Sin embargo, los bruscos movimientos de los mercados en los últimos meses han devuelto protagonismo a la gestión activa, que ofrece capacidad de adaptación en entornos inciertos.

La diferencia fundamental entre ambas estrategias se encuentra en la flexibilidad. Mientras los fondos pasivos replican de manera mecánica el comportamiento de un índice, la gestión activa permite a los gestores tomar decisiones para ajustar las carteras, reducir riesgos o buscar oportunidades. En un contexto de fuertes correcciones, esa capacidad de reacción adquiere relevancia para quienes buscan proteger capital.

Costes y eficacia comparada

La gestión pasiva se distingue por sus bajas comisiones, que en muchos casos no superan el 0,1 %. Esta ventaja de costes ha sido determinante en su expansión, especialmente en horizontes largos, donde la rentabilidad neta se ve favorecida. No obstante, su incapacidad de modificar la estrategia en momentos de crisis limita su atractivo para ciertos perfiles de inversor.

Por el contrario, la gestión activa suele implicar costes superiores, con comisiones que pueden superar el 1,5 %. A pesar de ello, sus defensores destacan que la flexibilidad compensa en periodos de alta volatilidad. La evidencia histórica muestra, sin embargo, que solo una minoría de fondos activos logra batir a su índice de referencia a largo plazo, lo que mantiene abierto el debate sobre su verdadera eficacia.

Estrategias mixtas y diversificación

El entorno actual invita a reconsiderar posturas extremas. Cada vez más analistas recomiendan combinar ambos enfoques, aprovechando las ventajas de los fondos pasivos como núcleo estable de la cartera y reservando una parte para gestión activa que permita maniobrar en entornos de incertidumbre. Este modelo híbrido reduce costes sin renunciar a la flexibilidad en momentos clave.

La elección entre gestión activa y pasiva no depende únicamente del mercado, sino también del perfil de riesgo, el horizonte temporal y los objetivos del inversor. La volatilidad de 2025 ha dejado claro que ninguna estrategia es infalible por sí sola, y que la clave está en encontrar un equilibrio ajustado a cada situación.

Fuente: Cinco Días

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